¿Qué impulsa al ser humano a viajar al espacio?

Hace poco más de medio siglo, nacía un afroamericano llamado Ronald Ervin McNair en Lake City, Carolina del Sur, un estado con una fuerte segregación racial. Era una época en la que aún existían escuelas distintas dependiendo del color de la piel, con aseos para blancos y tiendas y restaurantes en las que la gente de color no tenía permitido ni si quiera asomar la nariz.

A la edad de nueve años, el joven Ron era ya un ávido lector. Un día, después de terminar con el arsenal de libros de su humilde hogar, decidió encaminarse a la biblioteca pública para paliar su sed de conocimiento. Tras recorrer más de una milla, se topó con un inesperado impedimento.

Frente a la puerta de la biblioteca había un cartel que rezaba: Biblioteca para gente que no es de color.

El jovencito decidió que aquella inscripción no frenaría sus ansias de conocimiento. Ni corto ni perezoso, hizo caso omiso a la advertencia y entró en la biblioteca.

Tras pasearse por los pasillos, no sin levantar rumores y miradas de desaprobación, escogió unos cuantos libros y se colocó educadamente en la cola para llevárselos prestados.

Plantilla-Fotos-Whatag

Cuando llegó su turno, la anciana bibliotecaria le explicó al niño:

—Lo siento, pero el cartel lo dice bien claro: esta biblioteca es sólo para blancos.

—Ya lo he leído —respondió el niño—, pero a mí me gustaría llevarme prestados estos libros.

—Jovencito —le amenazó la mujer—, si no sale inmediatamente de esta biblioteca, me veré obligada a llamar a la policía.

—Muy bien —respondió el pequeño de nueve años pegando un salto hasta sentarse sobre el mostrador —. Entonces esperaré a que lleguen.

Acto seguido, la bibliotecaria llamó a la policía y a la madre de Ronald.

Dos agentes de la ley llegaron preguntando:

—¿Dónde está el alboroto?

La anciana señaló al niño de nueve años que se había sentado en el mostrador.

Extrañado, el agente preguntó a la bibliotecaria:

—Señora, ¿cuál es el problema?

En ese instante llegó la madre de Ronald y, asustada, exclamó:

—Por el amor de Dios, no metan a mi hijo en la cárcel —y preguntó con preocupación a la anciana—. ¿Qué le ha hecho mi pequeño?

—Quería estos libros prestados —respondió la bibliotecaria— y, como usted bien sabe, su hijo no puede estar aquí. Y mucho menos llevarse libros a casa.

En ese momento, el policía sugirió a la empleada que le prestase los libros para de ese modo acabar con el conflicto.

—Los cuidará muy bien —añadió la madre de Ronald, apoyando la sugerencia del oficial.

Aunque con reticencias, la bibliotecaria accedió finalmente a prestarle los libros.

niño

Aquel joven que desafió los límites impuestos en su sociedad se doctoraría con honores, años más tarde, en física por el MIT, una de las universidades más prestigiosas de EE.UU. A continuación, ingresó en un programa de la NASA.

Su hermano, Carl McNair, recordaba en una entrevista cómo les gustaba ver juntos Star Trek. En aquella célebre serie, blancos y negros trabajaban juntos para conquistar el espacio. Algo que en los 60 no parecía muy probable.

Pero aquello que la mayoría consideraba ciencia ficción, Ron lo veía como ciencia posible.

Y así fue cómo un chico de color de Carolina del Sur de grandes gafas, que jamás había subido a un avión, se convirtió en astronauta. Aquel niño que nunca aceptó los límites absurdos de su sociedad acabaría viajando en su propia nave Enterprise.

Ronald McNair tenía 35 años cuando el Challenger se disponía a realizar su décima misión. 73 segundos después del lanzamiento, el transbordador espacial se desintegró causando la muerte de sus siete tripulantes, entre ellos Ron. Aquel despegue fue retransmitido por televisión y millones de personas presenciaron atónitos cómo la nave estallaba en mil pedazos.

Fue probablemente el episodio más trágico de la aventura aeroespacial.

pilotos

Numerosos homenajes se han realizado a aquellos valientes que perecieron en la misión de hacer realidad los sueños de la humanidad.

Para los que conocemos la historia de aquel niño tozudo, es imposible que no se nos dibuje una sonrisa al visitar aquella biblioteca de Lake City y ver que hoy en día se llama Biblioteca Publica Ronald McNair.

 

 

Leave a Reply

Your email address will not be published.